"Todas las grandes verdades empiezan siendo blasfemias".- decía Bernard Shaw. Y la verdad es que estoy totalmente de acuerdo con la frase, sobre todo cuanto se refiere a la dinámica de las organizaciones.
Creo que todos hemos sufrido en nuestras propias carnes de qué manera la falta de valor para encararse a los problemas, puede llevar a la organización a ser incapaz de reconocer todas las debilidades que tiene, y todas las amenazas que puede sufrir.
Ayer mismo estuve leyendo a Michel Godet, en su famoso documento de la Caja de Herramientas de la prospectiva (http://www.cnam.fr/lipsor/laboratoire/recherche/data/Cajadeherramientas2007.pdf ) hasta qué punto la investigación por el futuro debe basarse en el rigor y llegar más allá de lo puramente convencional y conveniente. Y me llamó la atención y por eso la copio literamente una curiosa paradoja (página 7): "Las decisiones valientes a afrontar en el futuro son raramente consensuadas".
Está claro que el consenso puede ser una gran medio de llevar adelante una estrategia, de crear una visión compartida, pero quizás, y ésa es la verdad oculta en la frase, que el consenso no es una buena herramienta para la creación de conocimiento, por la sencilla razón de que la creación del conocimiento tiene que hacerse desde el rigor del método y la fiabilidad de todos los experimentos y pruebas, mientras que el consenso, muchas veces, no todas, se alcanza por un acuerdo en la opinión subjetiva de la mayoría.
Y tal vez ésa sea la blasfemia que tenemos que señalar, que el consenso puede llegar a ser culpable de la no creación de conocimiento, del no progreso, porque consenso puede ser también una miopía colectiva que, pasado algún tiempo, puede llegar a avergonzar a muchos de haberla sufrido. De ahí que la valentía consista en denunciar de qué modo ese consenso es cómodo y cobarde, y no se enfrente a los graves problemas a los que tiene que enfrentarse.
Ahora bien... ¿Es de inteligentes, políticamente hablando, ir en contra del consenso?. Evidentemente no, pero tampoco lo es ir siempre arrastrado, desprovisto de valor y de personalidad, detrás de cada consenso.
El secreto quizás ahí, de la inteligencia política, resida en el hecho que señalábamos antes de que hay que crear consenso, creando y generando conocimiento al mismo tiempo, es decir, que hay que gestionar y compartir el conocimiento, más allá de la competitividad y de las nuevas competencias que pueda traer consigo, para crear relaciones y crear organización. Hay que compartir y gestionar el conocimiento, precisamente también porque el hecho de compartir y de crear relaciones, ayuda a crear esa experiencia de vivir dentro de la organización de una manera especial, aprendiendo.
Quizás el consenso no sea lo más positivo hablando desde el punto de vista de la inteligencia política, como tampoco lo es que a uno le estén dando la razón continuamente, porque esos hechos pueden impedir avanzar y mejorar, y porque el liderazgo colectivo tiene que ser consciente de esas mismas limitaciones que imponen los consensos generalizados y abrumadores. Son consensos con trampas que nos impiden aprender no sólo colectivamente, si no como personas individuales que tenemos que vivir una vida y una experiencia totalmente irrepetibles.
Por un lado, la blasfemia que hay en todo esto es que la inteligencia política tiene que saber cuándo romper los consensos, cuando estos frenan y detienen la capacidad colectiva e individual de aprendizaje, porque eso puede llegar a atrofiar el liderazgo colectivo.
Mientras que, por otro lado, la gran verdad en la que se va a convertir la blasfemia, va a ser que es que los colectivos tienen que ser lo suficientemente maduros, como para conocer por si mismos sus propias limitaciones y, para eso no siempre tiene que haber suficiente consenso, porque precisamente en nuestra divergencia, se encuentra la raíz sobre la que se tiene que sustentar nuestro futuro.
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