Cuando se empieza a definir una estrategia, se tiene que empezar a pensar en su dinamismo y en su vitalidad. Y entonces nos hacemos la pregunta: ¿Qué queremos ser?. Y la respuesta tiene que ser algo fuerte, enérgico, algo que mueva a la acción.
Una visión estratégica no puede algo estático, una especie de nirvana o de misticismo. Cuando se mira en su conjunto tiene que ser un conjunto de motivos que se dan fuerza y energía entre si, porque tiene que ser algo que arrastre y que mueva a actuar.
Las visiones estáticas, los estados últimos e inalcanzables, guardan todos entre si la característica común de que son falsos, de que son utópicos, que se ponen sobre el papel precisamente porque hay que rellenar algo. No son una visión, no forman parte de una causa, ni son la razón de un movimiento colectivo de personas.
Uno empieza a comprender lo que es una visión cuando entiende lo que es llevar hacia adelante a muchas personas. Eso es empezar a ser visionarios, pero para triunfar como visionarios, hay que ser algo más, ser emprendedores, moverse por aquello que uno ha creado, creerse las propias ideas, conocer sus riesgos y saber afrontarlos, y dominar toda la complejidad que uno mismo guarda dentro.
Crear visiones poderosas es de grandes artistas, pero darlas vida es mucho más difícil. Es dar un sentido a toda esa complejidad interior y encontrarse y recrearse con ella, sin tenerle miedo. Comprender los propios abismos y limitaciones.
Una visión es la primera parte fundamental de una estrategia, ya que sin visión no puede existir de ninguna manera. La estrategia le debe todo cuanto tiene de elevado y sublime, todo lo que mueve a las personas a actuar y a desarrollarse en una dirección concreta.
Las visiones están llamadas a recrear y a superar las culturas de las organizaciones, por cuanto éstas tienen de establecido y de tiranía respecto del pasado.
El pasado es siempre antivisionario, por eso una de las peores formas de tiranía es que el poder ridiculize las visiones que no le conviene, y que quiera dominar a base de ideologías, cultura y emociones, ya que la verdadera visión no es emocional, si no que apasiona y arrastra en la búsqueda de lo mejor de uno mismo. Y el poder no quiere personalidades individuales, quiere números y estadísticas.
Quien se siente visionario, se siente libre, y sabe dar una significado a esa palabra tan tópica y tan carente de significado para muchos: ¡Libertad!. Porque la visión es colectiva, libera equipos, lanza personas a emprender las mejores acciones, abre inteligencias, vuela sobre abismos y profundidades.
Las visiones ayudan a comprender la verdadera complejidad de los creadores y de los hombres de acción, por eso son ricas y fructíferas. Por eso son necesarias.
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