Venimos ya mencionando que las auditorías estratégicas son el único modo por el que los accionistas pueden conocer la ejecución de los programas que les han prometido los directivos, y así conocer hasta donde llega su labor y qué limitaciones tienen para poder ayudar a superarlas.
Aunque la realidad es que esto no se hace. Una de las razones es que todos sabemos que el término auditar siempre se desvía hacia el adjetivo "contable", a pesar de ser conscientes de que los estados financieros no lo revelan todo y que, muchas veces, se preparan específicamente para que digan y muestren lo que los Consejos de Administración o los accionistas quieren oír. Y ésa es una posición actualmente muy cómoda para el poder, porque controla el conocimiento.
Lo realmente grave es que muy pocos se dan cuenta de que una auditoría de las cuentas contables sólo puede llegar a decir que los Balances, Cuentas de Resultados, reflejan fielmente la imagen real de la empresa, pero no dicen nada acerca de los problemas políticos y estructurales, respecto de si aumenta o disminuye la capacidad competitiva de la organización, respecto de si el liderazgo es el adecuado, o si la estrategia que se sigue es la mejor y la más conveniente para los problemas y objetivos que se fija la organización.
La realidad es que hasta ahora, a los ejecutivos no les ha gustado nada que les auditen su trabajo y mucho menos que los midan más allá de los objetivos financieros. Muchos de ellos son especialistas en realizar presentaciones triunfalistas, en las que se venden a si mismos como grandes ejecutores, procurando ganarse la confianza de los Consejos de Administración.
Aunque la realidad es bastante más pedestre, porque lo que los Consejos de Administración deberían demandar es un mayor conocimiento de la organización que administran para poder tomar las decisiones adecuadas, y no depender de las opiniones de una facción u otra.
Una auditoría estratégica tendría que servir para auditar una labor de mando, exactamente igual que a los políticos que ocupan cargos públicos se les debería auditar su labor, para que todos los electores pudiéramos valorarla, y ayudar a mejorarla con nuestra colaboración.
El miedo nace precisamente de ese apego al poder, del miedo a perderlo por ser evaluado y examinado y por culpa de ello, que se pueda mostrar y demostrar públicamente las limitaciones de su labor. Y eso es muy difícil de erradicar.
Mientras tanto, nosotros seguiremos luchando para demostrar que la inteligencia política tiene que ir más allá de una venta de imagen, y que tiene que ser una labor profesional especialmente cualificada para poder demostrar delante de terceros, todo lo que ha dado, puede dar y dará por un proyecto, porque posee el liderazgo que se necesita para desarrollarlo.
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