De todos es sabido que el poder es escasamente autocrítico y que, por motivos de sabiduría y experiencia, nunca reconoce sus propios errores salvo que tenga un interés político muy claro en hacerlo.
Y desde un punto de vista tradicional es perfectamente lógico: ¿Por qué, si el poder es un bien escaso ansiado por muchos, iba a hacerlo sin con ello está dando "munición al enemigo"?. El único sentido que tendría es el de perfeccionar o refinar su estilo de mando o creer que así se gana una baza, o que se gana tiempo, para poder ir luego con segundas intenciones, terceras, cuartas, etc.
Forma parte del juego en el que muchos están inmersos y que consume buena parte de los recursos internos de las organizaciones. Es una dinámica en la que cuesta muy poco introducirse y en la que siempre existe contrapartidas de comportamiento ya previamente asumido por todos. Por ejemplo, el "decir siempre al jefe lo que quiere oír fue siempre una buena política", se hace con la intención de que a un supervisor nadie le contradiga, porque exactamente el mismo comportamiento que realiza él "hacia arriba", es lo que espera de los que tiene "debajo".
Y la realidad es que así, en estas mismas condiciones, se ha venido desarrollando toda la vida profesional de muchas personas durante décadas. Las empresas con una media de años más alta de antigüedad, son las que tienen dentro de si a enemigos más irreconciliables, por motivos que nadie llega realmente a precisar bien.
Lo bueno del caso es que los problemas de esos comportamientos nunca se llegarán a apreciar si los entornos en donde las organizaciones compiten son siempre los mismos porque se cree que nunca cambiarán significativamente. El creer que las empresas son muchas veces tan fuertes que estos comportamientos no pueden perjudicarlas, está fuertemente arraigado en la mayor parte de los malos hábitos del mando: mobbing, despotismo, injusticias, etc.
Y yo no sé hasta qué punto puede que tengan razón. Lo que si que tengo claro es que si la autocrítica no se realiza en silencio, para uno mismo, con el fin de estar al menos en ciertos momentos, alejados de algunas circunstancias, esa continua servidumbre acaba dañando tanto a la sensibilidad como a la inteligencia, porque la realidad es hay que ser verdaderamente autocrítico, para evitar que los virus dañinos de muchas empresas lleguen a entrar en nosotros y formar parte de nuestra forma de ser.
Nuestra persona, nuestro yo, tiene que quedar aparte, alejada de los entornos de falsedad y de servidumbre, en donde muchas veces no tenemos más remedio que vivir. Fundamentalmente, porque de otro modo no va a poder desarrollarse.
Si partimos de la premisa de que necesitamos tener una imagen digna de nosotros mismos, porque en base a ella es como vamos a formarnos de cara al futuro. Está claro que tenemos que seguir luchando por ser cada vez más coherentes y más libres, conservando y conquistando nuevas parcelas de nuestro interior, en donde la cultura negativa de muchas organizaciones, nunca llegue a germinar.
No triunfar, no ascender en muchas organizaciones sin importarnos el precio, no es de perdedores, al contrario, es un síntoma rabioso de inteligencia y salud.
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