Habitualmente se trata de una palabra que usamos casi para todo lo que tenga que ver con datos relativos a la actividad empresarial. Decimos analizar cuando vemos un gráfico, o una tabla, y empezamos a sacar una serie de conclusiones sobre lo que nos parece que dicen. Llamamos análisis a decir cosas que nos parecen que nos están diciendo los datos numéricos y sobre lo que creemos que podemos construir un conocimiento más o menos ocurrente.
El problema surge cuando después queremos valorar ese conocimiento y nos damos cuenta de que es poco más o menos que trivial.
La realidad es que analizar no es explorar, no es elaborar hipótesis dispersas sobre una materia. Analizar es el proceso complejo que tiene que servir para diagnosticar desde una serie de perspectivas y de puntos de vista diferentes unos de otros.
Un buen análisis tiene que proporcionar un diagnóstico resistente a las objecciones, principalmente porque ha trabajado teniéndolas en cuenta, y las ha superado dando una respuesta lógica y coherente.
Un buen análisis tiene que ser consciente de que es la única fuente serie de creación de conocimiento sobre una cierta materia, independiente de la técnica que utilice. Da igual que lo haga transformando los datos en funciones matemáticas y las derive o las integre, o las extienda en una serie de puntos externos.
Sin análisis no hay creación de conocimiento. Y, por lo tanto, la inteligencia política que no analiza, no hace más que derrumbar los propios cimientos sobre los que tiene que asentarse.
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