lunes, 24 de mayo de 2010

Six Sigma

Aunque habitualmente se la conoce como una metodología de calidad fundamentalmente en el área de fabricación, muchos han llegado a confundirla como una filosofía de gestión.

Y desde luego tienen sus razones: Basta mirar la gráfica de la evolución bursatil de la mítica General Electric (http://www.google.com/finance?q=ge ) desde 1978 hasta la actualidad (opción = max) para ver la evolución del precio de las acciones que experimentó dicha empresa con el famoso Jack Welch en los años 90. Y también basta un pequeño ejercicio de agudez visual para adivinar en qué fecha dicho ejecutivo abandonó la empresa.

En realidad Six Sigma no es más que eso, una filosofía de calidad que en determinadas áreas de fabricación e incluso de logística, puede ser útil, pero nada más.

La filosofía de gestión que inspira creo que tiene que ver más con el control absoluto de los beneficios y con una fuerte visión cortoplacista que sacrifica el largo plazo, como bien puede verse en la gráfica, que con una calidad excepcional en los productos que se lanzan al mercado, y que, como puede verse también, puede estar totalmente impregnado de una cierta torpeza política y derroche cuando trata de optimizar el uso global de los recursos.

La personalidad del líder de una empresa tiene mucho que ver con el precio de las acciones: un líder solitario y fuerte inspira confianza, pero si no crea un gran equipo y un gran proyecto detrás de el, mucho de su trabajo se va con el, y creemos haber elegido un buen ejemplo.

Si un líder carece de inteligencia política es incapaz de crear una verdadera estrategia, especialmente optimizada para la organización, que aproveche al máximo las posibilidades del Capital Intelectual. Y eso tiene que empezar a poder medirse, porque más allá de los apoyos que tenga y del poder que detente, su labor tiene que poder ser medida y auditada precisamente por eso, para que su herencia y su labor no desaparezca con el.

Como muchas veces nos enseña la historia, la ideología que nos enseña y que nos intenta transmitir un líder no es más que eso: una ideología, un conjunto de ideas que muchas veces funcionan más por puro convencimiento e incluso por puro interés, que por estar especialmente diseñadas para la organización, ya que si hay algo que caracteriza a todas las ideologías cuando son puestas en práctica, es la ausencia de unos verdaderos controles que muestren su eficiencia y eficacia, sus puntos fuertes y débiles. Las ideologías simplemente son eso, reducciones mentales que fabrica el poder para evitar ser cuestionado.

En su momento, también Six Sigma se tiñó de ideología, una ideología totalmente disfrazada de una matemática de perfeccionismo, pero que internamente no admitía críticas a sus labor. Como ideología se alimentó a si misma y creó todo un conjunto de personas interesadas en afirmar sus virtudes y beneficios, inspirando grandes discursos y emociones pero que, una vez que se pasó, simplemente hizo que quien no se había aprovechado de ella, volviera sus ojos a la cruda realidad de los problemas.

Y es que es ése uno de los grandes engaños de la humanidad, soñar con que los problemas se resuelven con los grandes discursos, palabras y emociones que encierran las ideologías, en vez de con análisis y rigor.

¡Qué pocos esfuerzos se han dedicado a lo largo de la historia a elaborar una ciencia que explique porque triunfan y fracasan las gestiones!.

La inteligencia política no puede tener modas ni ideologías, no tiene que fabricar productos perfectos con calidad Six Sigma, simplemente tiene que admitir las críticas, medir las relaciones y optimizar el rendimiento del conjunto. Es una capacidad colectiva a desarrollar, y no una utopía creada por el poder.

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