Todas las organizaciones que conozco personalmente no son perfectas, aunque todas son perfectamente dignas y respetables, pero no son perfectas si entendemos por perfección el hecho de no tener ningún fallo desde un punto de vista estratégico, y el hecho también de definir su estructura para maximizar las posibilidades de éxito de esa estrategia.
La perfección a la que me refierto, no pertenece al terreno de la utopía, de lo ideal, si no que está mucho más relacionada con el término "coherencia", con la lógica y con la razón, con la manera de analizar los problemas desde un punto de vista científico y de aplicar las soluciones maximizando las posibilidades de éxito. Por eso dudo que exista en el mundo alguna organización perfecta, porque todas tienen dentro de si componentes humanos y emocionales, que las llevan a cometer errores.
Y cuando hablo de organizaciones, no me refiero sólo a empresas, también me refiero a cualquier estructura general cuyos miembros tengan unos objetivos comunes. Por eso digo que, desde un punto de vista global, es muy difícil que en los colectivos haya una lógica y una coherencia que muchas veces no existe en los seres humanos individuales. Los colectivos son más complicados de gestionar que las propias personas individuales, de ahí que resulta curioso, como ya comentaba en otro post, que no exista una tradicción cultural arraigada, que se haya dedicado a profundizar en los estudios y en la ciencia de dirigir políticamente las organizaciones.
Es la forma de ser que tenemos todos los seres humanos. Aquello con lo que no sabemos enfrentarnos para enseñarselo a las nuevas generaciones, es necesario que éstas empiecen a adquirir sus conocimientos partiendo de cero. Y la inteligencia política cumple con todas estas características que estoy exponiendo.
De un modo o de otro, sus consecuencias prácticas aplicadas infunden miedo en las bases de las organizaciones en donde tiene que aplicarse. De ahí que se huya de ellas y que terminen ignorándose, procurando que el poder cambie lo menos posible, mientras procuramos también jugar al juego cuyas reglas inconscientemente fingimos conocer.
Es la manera en la que la inercia de los acontecimientos termina imponiéndose a la lógica de la razón y de las voluntades, mientras se redefine el término de "inteligencia política" como aquello que necesita saber el Director General para llevar a buen puerto a la empresa. Definición que ya hemos demostrado que no es correcta y que no es más que otra redefinición de la vieja esencia de muchos ejecutivos de "el jefe ante todo, con razón o sin ella".
La perfección de un colectivo siempre es un imposible, porque sólo puede ser perfecto aquello que es simple. Lo complejo, lo que es rico en matices, lo que tiene múltiples dimensiones y grados de libertad, nunca puede ser perfecto, lo que no quita que tenemos que procurar que su actuación esté lo más optimizada posible.
Que la inteligencia política, lo reconozca, es la humildad que tiene que tener para empezar a ser lógica y práctica. Los eslóganes y los triunfalismos que venden actuaciones perfectas, son sólo ruídos con los que se intentan correr curiosas cortinas de humo, más que nada, y no está de mal recordarlo, porque ninguna actuación se audita completamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario