Al igual que lo hacemos las personas, es muy frecuente que las organizaciones se auto-engañen, contándose una serie de "historias" que las consuelen de aquello que no soportan de la realidad. Esto sucede sobre todo en las altas esferas en donde, por lo que se llama "prudencia política", se desea conservar el respeto, el mando o el prestigio, antes que reconocer ciertas evidencias.
Como todos sabemos, cuando esas actitudes se realizan continuamente sin que haya un espíritu crítico que las cuestione, al final, puede suceder que las propias empresas se terminen por creer sus propias mentiras y den por verdades absolutas, afirmaciones que no lo son.
Paralelamente a este proceso, también sucede que la "sensibilidad" de los oídos de los directivos se vuelve más "quisquillosa" y soportan cada vez menos la discrepancia, la crítica o la misma sugerencia. De ahí el dicho del que muchos presumen como máxima: "Decir siempre al jefe lo que quiere oír, fue siempre una buena política".
Las consecuencias de esas actitudes son escasas en muchas organizaciones, pero puede suceder que cuando llegue el momento de hacer frente a una amenaza verdaderamente seria, la crisis que se puede generar puede terminar con el propio proyecto de empresa.
Nosotros lo podemos denominar como "inmadurez estratégica", como la incapacidad que muchas organizaciones tienen para actuar frente a las graves amenazas y peligros, por medio de la única vía posible, que es la elaboración de una estrategia.
Esta madurez o inmadurez de las organizaciones, que es una variable perfectamente medible, debería ser controlada por los Consejos de Administración, no sólo para saber en qué manos dejan sus inversiones, si no también para poder establecer un plan de acción que pueda afrontar el problema.
Es realmente curioso la manera en que muchísimas veces, las mismas personas, actúan de forma inteligente, ante un problema médico, por ejemplo, en donde se realizan análisis una y mil veces, para poder tomar así una decisión correcta con un diagnóstico también correcto, y cuando se trata de salvar organizaciones de las que dependen muchos puestos de trabajo, no se realiza.
Los intereses "personales" en que no se realicen dichos análisis, o cualquier tipo de auditoría estratégica, no hacen ningún bien a las empresas, ni a los trabajadores ni accionistas que dependen de ellas, porque no se toman todos los datos para analizar, antes que tomar la decisión correcta.
La propia psicología nos enseña que las personas no optimizamos nuestros objetivos a la hora de tomar nuestras decisiones, y eso lo tiene muy en cuenta el márketing, si no que actuamos en relación a nuestras conveniencias y emociones, es decir, que somos más emocionales que racionales, aunque no comprendamos en el fondo ninguna de las dos facetas de nuestra personalidad.
La inteligencia política nace para tratar ese tipo de problemas, ese tipo de infantilismo ejecutivo que hay en las organizaciones y que no es capaz de pensar y de actuar de forma global y sistémica, teniendo en cuenta todas las variables en juego.
Si los analistas profesionales de los fondos de inversión midieran el grado de madurez estratégica de las empresas cuyas acciones compran... viviríamos en otro mundo muy distinto y la actual crisis económica nunca se habría producido.
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